Escrito de Mario Alberto Cortéz sobre la situación de la UMSNH
Ya va para tres semanas la toma de la Universidad Michoacana por parte de integrantes de la CUL, y muchas reacciones que se han tenido por parte de distintos integrantes de la misma, y de la sociedad en general, son muy preocupantes.
Por un lado, tenemos una superficialidad en el análisis de las causas del problema y, por ello, en las propuestas de solución. Ingenua es, nos parece, la idea de que es un problema causado por un grupo de estudiantes que, al no haber sido aceptados en la Universidad Michoacana, se organizan para presionar a las autoridades a fin de lograr su ingreso, organizados en un movimiento llamado MAR, y que el asunto se resolvería si las autoridades universitarias autorizan dicho ingreso. Nos parece que esto no es más que un síntoma de un problema mucho mayor: la existencia de estructuras fundadas y mantenidas por algunos ex rectores y funcionarios de gobierno pasados y presentes con la finalidad de usar a la Universidad como fuente de ingresos, de agencia de colocación y de estrategia de chantaje. Una estructura que se ha mantenido incólume a lo largo de muchos años y a la que no se ha querido revelar, y mucho menos atacar.
Es por ello que esos llamados al “diálogo” entre paristas y autoridades, a manifestaciones de inconformidad y rechazo a la toma por parte de algunos académicos o esos imprudentes llamados a las intervención de la fuerza pública por parte de algunos consejeros universitarios, miembros de partidos políticos y demás, podrán, en el mejor de los casos, acciones para paliar mediáticamente las presiones generadas por esta toma torpe y absurda, y formas de tranquilizar la conciencia propia al saber que algo estamos haciendo para salir al paso del problema, que no somos meros observadores pasivos a la espera de que las cosas se resuelvan por las mágicas artes negociadoras de las autoridades. En algún momento, esperemos que más pronto de tarde, reiniciaremos nuestras actividades cotidianas… Y es aquí donde empieza el verdadero problema, porque es en esta “normalidad” que tanto se desea y a la que seguramente regresaremos hasta con cierto júbilo luego de tantos días de desazón e impotencia, donde seguirán funcionando como hasta ahora esas estructuras corruptas dentro de las cuales se cocinarán las siguientes tomas, paros y manifestaciones por la “educación pública, científica y popular”. Es en esta normalidad donde las autoridades seguirán llevando las cosas sentados en el polvorín de un serio déficit financiero; de cumplir con el compromiso, que otros rectores contrajeron sin hacer nada al respecto, de reformar el sistema de pensiones de la universidad y meter en cintura (regular, pues) la administración de los albergues estudiantiles; de “alumnos” vividores incondicionales a su “jefe”, siempre y cuando el financiamiento de sus “movimientos” siga fluyendo sin problemas; de sindicatos capaces de poner y quitar autoridades universitarias, desde directores de dependencias universitarias, hasta funcionarios de alto nivel en la rectoría, expertos en el manejo del presupuesto universitario para satisfacer sus intereses y en la contratación a su antojo de nuevo personal sin capacitación e innecesario; de académicos ciertamente ocupados en sus clases y sus investigaciones, pero ajenos por decisión propia a todo intento de poner orden en la Universidad, desde la adecuación de nuestra normatividad que permita, entre otras cosas, una transparencia efectiva en el manejo de los recursos, los programas de estímulos, las promociones y la contratación de nuevo personal académico.
Nos parece que ese regreso a la “normalidad”, hará que paulatinamente se nos vaya bajando la indignación y la conciencia de un cambio efectivo en la universidad, que hay que empezar ya. ¿Cómo? Sin duda habrán muchas opiniones al respecto, pero podemos empezar por sacudir el tapete para ver cuántas chinches y cucarachas brincan, poniéndonos a revisar con cuidado cómo se originó y quién “apadrinó” a la CUL y quiénes autorizaron la creación de tantas Casas del Estudiante (¿alguien sabe con certeza cuántas existen, con cargo efectivo al presupuesto de la universidad?). Basta ponernos a revisar con cuidado las dinámicas de las tomas durante tres o cuatro rectorados recientes, para darnos cuenta de que hubo un periodo en el que aquellas brillaron por su casi completa ausencia, y que la explicación de ello no radica en las notables capacidades de negociación de la autoridad del momento, sino porque el responsable real de muchas de ellas se contuvo por razones evolutivas, digámoslo así, pues es sabido que los miembros de cualquier especie actúan para proteger a todos los que cuentan con sus mismos genes.
Podemos continuar por desaparecer ese engendro llamado Comisión de Rectoría, por crear una contraloría independiente (es decir, una cuyo titular no sea nombrado por el rector) que vigile el manejo de los recursos en la universidad, y hacer también independiente a la oficina encargada del derecho a la información y a la recién creada de derechos humanos universitarios (por cierto, ¿dónde estará, que harán en este momento de tantos conflictos?). Ya entrados en calor, pues no estaría de más tomarse en serio eso de la tan llevada y traída Reforma Universitaria, proponiendo una Ley Orgánica que contenga las directrices y principios básicos del gobierno de la universidad, y que una vez que el Congreso del Estado la apruebe, conformar un Estatuto Universitario coherente y funcional, no como el que tenemos actualmente que data de hace casi medio siglo, que pueda ser adecuado razonablemente según lo vayan exigiendo las condiciones, lo que quedaría completamente bajo el alcance del Consejo Universitario, pues las modificaciones al Estatuto Universitario no necesitan ser aprobadas por el Congreso del Estado. El Consejo Universitario debería ser efectivamente la máxima autoridad y funcionar como un cuerpo deliberativo y legislativo, pero a la vez como un poder que pueda vigilar y sancionar, de acuerdo a la normatividad universitaria, comportamientos que atenten de manera grave (como los que estamos viviendo) contra la universidad, pero siendo más creativos para que no limitarnos a creer que amenazar con expulsar, o hacerlo efectivamente, es la mejor manera para intentar regular nuestro funcionamiento.
En fin, hay mucho por hacer. Sólo espero que muchos de los que ahora tenemos al menos la capacidad de indignarnos por nuestras propias disfuncionalidades, y nos manifestamos públicamente “en defensa de nuestra universidad”, no se nos acabe el gas cuando volvamos a esa “normalidad” adormecedora y cómplice, en la que nos seguiremos haciendo de la vista gorda sobre todos vicios y esas estructuras corruptas de las que hablábamos, y que de dejarlas tal como están, podemos ya estar preparando nuevas vestiduras para rasgarlas y nuevas manifestaciones de repudio para las tomas que, como destino de tragedia griega, están por venir.
Atentamente
Mario Cortez
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